El viaje a ninguna parte
miércoles, 27 de junio de 2012
Una noche en el Prat
domingo, 23 de octubre de 2011
NZ
UNO
Llegas a Auckland casi de casualidad, después de pasar un muy mal rato en Suiza por una multa que le pusieron a tu amigo en Inmigraciones y un calor enorme en Hong Kong, destinos extraños si los hay, que implica casi la pérdida del vuelo y una erogación de todos tus ahorros en un pasaje de salida del pais a donde vamos, por ley del departamento de inmigraciones de NZ; y sin tener ninguna conciencia del gran acontecimiento que está revolucionando al pais entero.
DOS
Al principio todo es nuevo: la cordialidad inmediata, el sentido de circulación en las calles (que parece una descripción más, pero aseguro que es realmente impactante), la tecnología. Los que conocen bastante el pais dicen que Auckland no es Nueva Zelanda. Se refieren a que los paisajes que acogen las múltiples islas tienen poco que ver con la artificialidad de esta ciudad, mezcla rara entre una arquitectura antigua, a la europea, y otra muy moderna, a la americana, con grandes e imponentes edificios que se ven a la legua. El diseño urbano de la ciudad delata una gran planificación. Repleta de parques que dibujan mucho verde por doquier y una flora diversa que llama la atención, con árboles de los que le crecen vida.
TRES
El inglés es el idioma que utiliza la gente para comunicarse. Si bien el pais está dividido entre los maories, el pueblo indígena originario, y los kiwis, los nativos aquí luego de la colonización inglesa, tanto la prestigiosa universidad como el nivel de vida cultural y económico que se vive son una tentación para los habitantes de los paises del sudeste de Asia, que no tienen las mismas posibilidades en sus respectivos estados y vienen en busca de un estatus mas elevado. Así que ya de por sí, la ciudad está plagada de etnias que hablan cada una su inglés, el idioma que se ha convertido en universal para la comunicación entre personas, pero cuya riqueza en la cual radicaba gran parte de su belleza se ha ido degradando hasta llegar al punto de convertir casi en ilegible un texto de Shakespeare. A pesar de esto, es precisamente por ese ambiente universitario que en la ciudad se respira un clima alegre; con gente que sonrie mucho y siempre saluda por la calle.
CUATRO
El mundial de rugby es el acontecimiento del momento aquí. Durante poco más de un mes, como auguran los carteles que predican el lema de la competición, “the World is here to play”, el mundo entero tiene los ojos puestos en estas pequeñas islas que se encuentran al margen del mapa-mundi, obnubiladas por su vecino canguro. Resulta que los All Blacks no ganan un mundial desde
CINCO
Los partidos de las semifinales son transmitidos en vivo en la zona portuaria, en un gran predio en el que se montan un escenario para los espectáculos previos y pantallas gigantes. Diversidad de nacionalidades, edades y estilos se mezclan con la única idea de pasar un buen momento. Tras los encuentros, la gente se mueve descontrolada por las calles, con algarabía; en paz con todo y todos.
SEIS
En la semana, te encuentras en la casa de unos chilenos que viven aquí y te invitaron a tomar unas copas. De repente, conversando de cualquier cosa con un brasileño, te comenta al pasar que se coló en el partido entre Francia y Gales que puso a los azules en la final; que solo hay que saltar una valla de un metro. Una pena que te tienes que ir a otro pueblo porque necesitas trabajo de inmediato. Pero al otro día aparece la posibilidad de trabajar en el hotel un par de horas diarias para bancar la estadia; parece un buen intercambio y la oferta del brasileño para ver la impactante (única) final, en estos tiempos en que los espectáculos deportivos cobran una importancia sideral, empieza a sonar de otra manera.
SIETE
Después del almuerzo, salimos a la calle y nos encontramos un mundo de gente. Salvo unos pocos que lucen los colores galos, el resto de la ciudad está teñida de blanco y negro, los colores de la camiseta de los All Blacks; los colores históricos de este pueblo de guerreros que antes de cada partido intimidan a sus rivales con la danza que utilizaban para auto-motivarse antes de cada batalla; los colores que poco tienen que ver con los que le pusieron los britanicos a la bandera con la que quieren adueñarse de una identidad que está arraigada en las raices mas profundas de los habitantes. Caminamos con la masa de gente hacia el estadio que se encuentra en las afueras, a unos cinco kilómetros que dentro de un simple texto parecen muchos, pero entre la euforia y la locura se recorren en un santiamén.
OCHO
Lo que queda al final, es ver desde donde se pueda, el desenlace de esta historia. La recomendación es que no se lo pierdan.
lunes, 26 de septiembre de 2011
Estilo Colonial
En los meses de verano pleno, el día se extiende hasta las diez de la noche aunque, según las costumbres europeas que veraniegan por estos lares, principalmente “guiris” –alemanes e ingleses–, el día de playa finaliza a la hora del té, y la cena no se extiende hasta después de las nueve. La calle que linda con el puerto es el lugar nocturno por excelencia. Una peatonal bien iluminada en donde se encuentran los principales negocios de comida ambientados de las formas más diversas.
Es muy fácil concluir que es, simplemente, el lugar perfecto para unas vacaciones tranquilas. Pero a medida que el tiempo va, inevitablemente, avanzando, comienza a aparecer la verdadera cara de este lugar en el que vive gente todo el año, hecho que tiene consecuencias notables en el comportamiento de sus habitantes. El primer fenómeno en mostrar esta conclusión es la puesta del sol. Durante el solsticio, a medida que la gravedad parece empujar el sol hacia el océano, da la sensación de que se producirá un perfecto atardecer de película, sobre el mar. Pero al acercarse más y más, el dibujo que se aprecia es una diagonal que invita a apostar si se producirá efectivamente el fenómeno o caerá sobre las tierras que se ven a lo lejos, en dirección a Palma. Dos meses después, debido a los fenómenos de rotación del planeta, el sol sí nos regala perfectos atardeceres a diario, que se pueden apreciar tanto desde la playa como desde el paseo costero que rodea todo el pueblo.
Todo el mundo avisa que “en septiembre se muere todo”. Si bien la premisa no es del todo cierta (porque el turismo interno –sobre todo la gente que posee algún piso aquí– y los jubilados le dan vida al lugar) sí se nota una merma con respecto a las multitudes de un par de meses atrás. A diferencia del verano argentino, en el cual la temporada arranca con multitudes en enero y luego va bajando en los meses sucesivos, aquí se inicia de manera leve en julio y es agosto el mes del estalle. La ilusión del cuento ceniciento tiende a desvanecerse. Por las calles ya no se ve tanta gente. El día comienza a extinguirse cada vez más temprano y la periodicidad con la que se limpian las playas de los vegetales que no quiere el mar, se alarga. La bipolaridad marcada por las estaciones climáticas influye directamente en el humor de los habitantes, quienes pueden mostrarse de la forma más amable y servil y al instante mostrar desconsideración total. Es por eso que al caer el verano la gente ya va cambiando también su personalidad, preparándose para el frío y la obscuridad que pronto el invierno traerá. Aunque también hay quienes aprecian de mejor manera los encantos de la tranquilidad que el verano no tiene. Por ejemplo la luna que, celosa de la rutina solar, aparece blanca y lejana por la tarde en lo más alto del cielo y se esconde, cerca del amanecer, bien cerca de la tierra, gigante y roja en la línea del horizonte, en donde el cielo se confunde con el mar mediterráneo.
A pesar de todo, los colonos siempre le preguntan a la gente de paso si regresarán, ya que los nuevos veranos siempre traerán nuevos viajantes que de alguna u otra forma influirán en los personajes de la colonia, esos seres extraños acostumbrados a la ciclotimia que imponen las estaciones del año.
viernes, 16 de septiembre de 2011
La importancia de llamarse Ronaldo
“La importancia de llamarse Ernesto” es una de las obras más importantes del escritor inglés Oscar Wilde, que juega con el doble significado de la pronunciación de la palabra earnest (formal, serio) con el nombre propio Ernest y desnuda, como muchas otras obras del autor, la farsa de la alta sociedad de la Inglaterra de principios del siglo XX y sus presunciones clasistas.
El jugador portugués Cristiano Ronaldo declaró ayer tras el partido de champions contra el Dinamo Zagreb que le tienen “envidia” porque es guapo, rico y talentoso; simplemente así, y en ese orden. La belleza es una cualidad muy subjetiva que nos quita las ganas de plantear “aburridos e interminables” debates. La fortuna económica es un estándar también relativo, aunque seguramente será rico cualquier jugador de la primera división de un equipo de primera línea europeo; y desde luego, no es necesariamente una virtud. El talento es una capacidad que se puede desarrollar de manera más o menos simple con trabajo y esfuerzo pero que en el mundo del fútbol no son muchos los que tienen la suerte de poseerlo y amplificarlo. Definitivamente, Cristiano es talentoso, es muy difícil rebatirlo.
Sin embargo, hay una cualidad que Cristiano no nombra cuando se autodefine: la humildad. Esa virtud que escasea en estos días y que consta en ser conciente de nuestras virtudes y defectos, actuar en consecuencia de ellos y ser un ejemplo para los demás desde el comportamiento. El sabrá por qué no la menciona.
Hace bien recordar un poco a Ronaldo, el jugador brasileño que supo batir increíbles records, de todo tipo. Jugó en los dos clubes más grandes de España y de Italia, es el máximo goleador de la historia de los mundiales, además de haber ganado un par de ellos; pero por sobre todas las cosas, nos regaló durante unos diez años una gran variedad de bonitas jugadas, destacando sus cualidades técnicas y físicas –potencia, velocidad, capacidad de engaño–. Las sucesivas lesiones en su rodilla (que lo acosaron en la madurez y que finalmente lo alejaron definitivamente de las canchas) le demostraron que es precisamente una vida humilde la que al final cuenta para dejar una marca, un ejemplo dentro del mundo que uno integró, un legado; porque el dinero no compra la felicidad, y la belleza y el talento deportivo son parámetros que con el inevitable paso del tiempo se desvanecen. Ojala que algún día el Cristiano entienda cual es la importancia de llamarse Ronaldo y salga de ese mundo frívolo y elitista que se basa en el egocentrismo y la superficialidad de las cosas. Un mundo que es vacío y efímero. Ese día, si es que llega, Cristiano será Ronaldo y sí, será el mejor.